martes, 27 de febrero de 2007

Hablemos de la función social de las bibliotecas

Hace ya varias semanas, el reportero de guerra de 20minutos.es, Hernán Zin, publicó dos posts en los que hacía un maravilloso recorrido literario por las librerías de Argentina. En el primero hablaba de las típicas librerías tradicionales (que yo creo que en mi vida vi una en España, tal vez sea demasiado joven, tal vez aquí no hayan existido nunca) donde el librero no sólo es un comerciante, sino que es amante de los libros. También trata su función social (aquella que deberían tener las bibliotecas), aunque será en el segundo post donde tratará más esta otra faceta de las librerías.
Nos muestra una librería donde la gente se para a tomar un café, incluso hay una en la que organizan conciertos y todo, y yo no puedo dejar de pensar si todo esto sería posible en una biblioteca. Puesto que, desde el punto de vista teórico, debería de ser así. Él afirma que todo esto ya se está perdiendo, pues están llegando las grandes superficies con sus frívolos dependientes y sus inmejorables precios. Sin embargo, yo en eso no estoy de acuerdo. Al menos no del todo. En el Reino Unido, y supongo que también en más países anglosajones, proliferan las librerías Waterstones y otras cadenas similares. Estas librerías, - donde por cierto, encontrar un libro resulta más o menos fácil, al contrario que aquí, - han llegado ha acuerdos con otras cadenas de cafés del tipo Costa o Starbucks de modo que puedes encontrarte hojeando libros con un café en la mano, recuperando esa función social que en realidad no le pertenece. Lo que pasa es que allí las bibliotecas son mucho más todavía.
El caso es que, leyendo a Hernán Zin, me preguntaba si eso sería posible en una biblioteca pública o en una librería en España. De hecho, hasta se lo estuve comentando a una compañera de clase. La respuesta: un rotundo no. Y ¿por qué no? porque a los españoles eso aún nos suena muy raro. Sería un completo caos: libros llenos de café tazas tiradas por todos sitios, hojas grasientas de mantequilla, en fín, una ruina. El único consuelo que nos queda es saber que sitios así existen y que tal vez, algún día también los haya aquí. Consiguiendo tener bibliotecas no con libros, sino con personas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario